Me miró desde el otro lado de la ventanilla y me saludó. Yo no la conocía, pero le devolví el saludo. Fue algo cálido. Y en ese pequeño descuido, el coche de atrás ya pitaba porque el semáforo se había puesto en verde y yo aún no había arrancado. Son las prisas de esta ciudad, ya sabes. Seguí conduciendo hasta que me cansé. Resulta que me había alejado 350 kilómetros y me quedaba poca gasolina. Entonces me decidí a aparcar. Habían pasado unas cuantas horas y durante el trayecto había sonado todo el rato ese disco.
Me bajé del coche y abrí el maletero. Cogí la guitarra, pinté cuatro acordes, recordé unos versos. No me salió nada bueno. Metí de nuevo la guitarra en el maletero y dí media vuelta con el coche en busca de una gasolinera. Allí me compré también un bocadillo y una botellita de agua. Vaya, vaya, qué precios. Pago a la chica que trabaja de dependienta en esa gasolinera y me voy. Cuando arranco pienso que es la chica con la cara más triste del mundo. Me doy cuenta de que ya está demasiado oscuro y enciendo las luces. Comienzo el camino de vuelta...y sigue sonando ese disco. Ese disco...